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Perfil

Es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México, maestro en sociología política y doctor en historia por la Universidad Iberoamericana. Actualmente es miembro del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), además de ser un colaborador habitual en programas de radio y tv.

*Horizonte Político

José Antonio Crespo

1988; hace 20 años
Lunes, 07 de Julio de 2008

Ayer se cumplieron 20 años de la conflictiva elección presidencial de 1988, que desde luego nos remite al debate sobre la elección de 2006, pues son muchos los que siguen creyendo en la semejanza de ambos procesos comiciales. A mí me parece que hay enormes diferencias entre uno y otro. Sin embargo, persisten algunos paralelismos. La de 1988 lleva el estigma del fraude, la de 2006, al menos, el de la incertidumbre. ¿Por qué fue tan cuestionada la elección de 1988, si la diferencia oficial entre el primero y el segundo lugar fue de casi 20 puntos porcentuales? Porque las pruebas de un magno-fraude de múltiples caras estaba a la vista de quien quisiera verlas, que por cierto no fueron todos. Por ejemplo, Octavio Paz afirmó - sin explicar a partir de qué documentación o razonamiento - que el fraude alcanzaba apenas un 2 % de la votación, por lo cual no resultaba determinante en el resultado.

El PAN, por su parte, adoptó una postura de "agnosticismo electoral" pues afirmaba que, si bien no podía validar el triunfo de Carlos Salinas de Gortari, no contaba tampoco con elementos suficientes para asegurar que Cuauhtémoc Cárdenas era el auténtico ganador. El desorden imperante llevó a los panistas a concluir que era imposible saber quién había ganado, y que lo procedente era anular la elección. Juan Molinar, hoy cercano a Calderón, explicó (en coautoría con Alberto Azíz) que la falta de credibilidad en esos comicios se debió sobre todo a la reticencia de los priistas a abrir los paquetes electorales, pese a que la oposición "llegó a demostrar cómo en la elección de 1976 y en la de 1982 se abrieron paquetes para disipar dudas" (1990). Los priistas no quisieron hacerlo – dice Molinar – por temor a que el triunfo se les escurriera de las manos.

En contraste, en la elección de 2006 no me parece ni de lejos que haya habido un nivel de fraude electoral equiparable al de 1988. Sin embargo, no se requería de uno muy grande para afectar el resultado, que no fue del 20 % como hace 20 años, sino sólo del .6 %. Y es que las irregularidades - dolosas o no – llegan a ser relevantes no en términos absolutos, sino relativos (en comparación con la distancia de votos que hay entre primero y segundo lugar de la justa). En todo caso, hay indicios de actos dolosos o parciales de varios actores clave; las autoridades electorales favorecieron la estrategia del PAN en lugar de pugnar por la certeza; Elba Esther Gordillo ofreció de último momento 500 mil votos (según ha revelado Alberto Aguirre). Votos suficientes para modificar el resultado. Además, oímos no sólo que Elba exhortaba a gobernadores del PRI a inclinar su voto corporativo por Felipe Calderón, sino cómo un secretario de Estado, Pedro Cerisola, agradecía ese apoyo al gobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández Flores (la intervención de funcionarios y gobernantes en componendas electorales es claramente ilegal, e incluso puede configurar un delito electoral).

Manuel Espino nos recordó hace poco que habló también con gobernadores priistas solicitando su respaldo. Ya había confesado hace tiempo al periodista Salvador Camarena que a esos gobernadores les ofreció impunidad a cambio de "sus" votos: "Fui a hacer algo poco usual, fui a apretarles a algunos gobernadores (del PRI). A advertirles que si en su estado perdíamos iban a tener una bronca fuerte. Porque había varios gobernadores con problemas serios, de diversa índole… entonces yo dije, mira, con que pares esta operación (a favor de Madrazo), con que dejes correr las cosas, con eso" (El presidente electo, 2007). Así, dada la opacidad e incertidumbre prevalecientes tanto en 1988 como en 2006, se puede decir que tanto Salinas como Calderón ganaron la presidencia sin haber ganado la elección, o al menos no de manera clara, fehaciente y demostrable con la información oficial. En ambos casos, las autoridades calificadoras (el Colegio Electoral y el Tribunal Electoral, respectivamente) tomaron una decisión política sin fundamento en la documentación oficial.

Paradójicamente, la fraudulenta elección de 1988 y la incierta elección de 2006 generaron efectos políticos muy distintos. En 1988, pese a la indignación de panistas y neo-cardenistas, se abrió una enorme fisura en la fortaleza priísta, a donde enfilaron sus baterías quienes entonces pugnaban por la democracia. Fue el principio del fin de la hegemonía tricolor. El PAN y el PRD, cada uno por su lado y a través de estrategias distintas, presionaron por una mayor apertura, que el PRI no pudo ya contener. Se crearon instituciones electorales que fueron cobrando autonomía y credibilidad. Diversas organizaciones civiles se movilizaron y se generó gran entusiasmo ciudadano sobre las posibilidades democráticas en el futuro inmediato. En cambio, después del 2006 el panorama es bastante sombrío. Ningún partido resulta ya confiable, se perdió credibilidad en las instituciones electorales, que no será nada fácil recuperar. Esa elección no provocó una grieta en el monolito autoritario, sino un fuerte golpe en el incipiente edificio democrático. Sobre todo porque el beneficiario de la alternacia fue el partido que había enarbolado por seis décadas el estandarte democrático, que rápidamente guardó en el arcón de los recuerdos en lugar de aprovechar esa inigualable oportunidad para hacer realidad su principal compromiso histórico. Ahora muchos ciudadanos se preguntan; para impulsar la democracia, ¿contra quién hay que ir y con quién hay que aliarse? En 1988 eso estaba muy claro. Ahora no. 1988 generó esperanza, entusiasmo y movilización cívica. 2006 ha provocado desilusión, desánimo y desmovilización electoral (como se verá en los comicios de 2009).

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