

LOS ÁNGELES, E.U.
En su primera incursión en Hollywood, con un guión facturado en Estados Unidos, la realizadora danesa Susanne Bier tiene el atino de tomar una pequeña historia sobre vidas corrientes y mostrar con un competente y esmerado grupo de actores cómo un accidente puede terminar con lo que se nos presenta como una idealización de la felicidad.
En “Lo que perdimos en el camino”, cinta estelarizada por Halle Berry y Benicio del Toro, la realizadora danesa Susanne Bier afina de nuevo su propuesta favorita: un argumento centrado en las relaciones familiares, con una fuerte inclinación por el melodrama y buen manejo de actuaciones.
El éxito de la fórmula consiste en satisfacer a un público amplio con una narrativa ágil y bien estructurada, y al mismo tiempo a cinéfilos de un circuito de arte con la complejidad moral de los personajes y los temas de la insatisfacción amorosa, la crisis conyugal y la muerte como realidad o presentimiento. Hay además ahora una preocupación nueva, la dificultad de permanecer fiel a la memoria de un marido muerto. Cuando en la vida de Audrey Burke (Berry) irrumpe Jerry (Del Toro), el mejor amigo de su esposo recién fallecido, encendiendo su interés erótico, el equilibrio emocional de la protagonista se ve seriamente afectado. La situación se vuelve más dramática por la lucha que libra Jerry contra su adicción a las drogas.
“Lo que perdimos en el camino” es una reflexión sobre el esfuerzo y la complicidad de dos seres que luego de perder los asideros con la realidad gratificadora de una carrera profesional o una plenitud conyugal y precipitarse cada uno en la droga o en la depresión, consiguen recobrar algo de paz espiritual en una amistad intensamente afectiva.
Contra lo que dictarían muchas fórmulas, el drama no nace de hacer pedazos la vida de todos los involucrados o de acercarlos para precipitar su autodestrucción o su redención. Conmocionada por la pérdida, sin saber cómo procesar el duelo, la viuda conoce un poco del mundo de Jerry, quien lucha por mantenerse limpio de drogas, así que lo invita a quedarse una temporada en su casa.
De la interacción entre ambos personajes, la presencia del sujeto que suple a su mejor amigo en el hogar, es fácil sacar conclusiones sobre lo que nacerá entre ellos. No obstante, Bier guarda algunas sorpresas incluso en ese terreno, manteniéndose lejos del tono telenovelero que amenaza una historia como ésta.
Halle Berry vuelve a convencer, sobre todo porque esta vez el juicio de su desempeño no tiene que detenerse en digresiones sobre su belleza. Benicio del Toro es, por su parte, un actorazo al que vemos poco en pantalla, pero cuyo trabajo es siempre impresionante.
El amigo adicto obtiene victorias humanas que el marido modelo jamás logra en vida. No es un santo; recae en las drogas y vuelve a los picaderos de los barrios bajos y aun así, por momentos, le sobra autoridad moral.
Es curioso que la propuesta de recuperación de un ser humano no tenga que ver con encontrar el amor, formar una familia, o sacar fortaleza de la fe —nuestro protagonista de hecho rechaza participar en la oración de serenidad de su grupo de autoayuda—. El guión no reconstruye la familia de los Burke, dándoles un nuevo esposo y padre, sino que los humaniza a través de los recuerdos, del dolor de las pérdidas, de la nostalgia.
Para dar sentido al título en inglés de su cinta —Las cosas que perdimos en el fuego—, Bier nos da una secuencia hermosa en la que Audrey recuerda un incendio en el que ella y su esposo perdieron todos sus valores, y cómo cada uno lo afrontó de diferente manera. En síntesis, un drama optimista sobre cómo las debilidades y las terribles pérdidas sólo pueden afrontarse un día a la vez, sin hacer un drama de toda la vida.
muy pronto podrá verlos Benicio del Toro logra el retrato notable de un heroinómano en la delgada línea entre la supervivencia y el colapso total; Halle Berry, por su parte, confiere una gran sobriedad a la vertiente melodramática del relato.
Lo que perdimos en el camino No se necesitan grandes trucos para conmover. A veces es suficiente con presentar un drama humano, honesto, que no pretenda que el amor es una sustancia que lo cura absolutamente todo y en el que los héroes caigan y se levanten con dificultad, como cualquiera Agencias Los Ángeles, E.U.
En su primera incursión en Hollywood, con un guión facturado en Estados Unidos, la realizadora danesa Susanne Bier tiene el atino de tomar una pequeña historia sobre vidas corrientes y mostrar con un competente y esmerado grupo de actores cómo un accidente puede terminar con lo que se nos presenta como una idealización de la felicidad.
Audrey y Brian Burke (Halle Berry y David Duchovny) son un matrimonio enamorado, con dos pequeños hijos, que termina roto una noche en que él es asesinado. Pese a siempre haberlo considerado una mala persona, Audrey invita al funeral a Jerry Sunborne (Benicio del Toro), un heroinómano que ha sido el mejor amigo de su marido desde que ambos eran niños.
Contra lo que dictarían muchas fórmulas, el drama no nace de hacer pedazos la vida de todos los involucrados o de acercarlos para precipitar su autodestrucción o su redención. Conmocionada por la pérdida, sin saber cómo procesar el duelo, la viuda conoce un poco del mundo de Jerry, quien lucha por mantenerse limpio de drogas, así que lo invita a quedarse una temporada en su casa.
De la interacción entre ambos personajes, la presencia del sujeto que suple a su mejor amigo en el hogar, es fácil sacar conclusiones sobre lo que nacerá entre ellos. No obstante, Bier guarda algunas sorpresas incluso en ese terreno, manteniéndose lejos del tono telenovelero que amenaza una historia como ésta.
Halle Berry vuelve a convencer, sobre todo porque esta vez el juicio de su desempeño no tiene que detenerse en digresiones sobre su belleza. Benicio del Toro es, por su parte, un actorazo al que vemos poco en pantalla, pero cuyo trabajo es siempre impresionante.
El amigo adicto obtiene victorias humanas que el marido modelo jamás logra en vida. No es un santo; recae en las drogas y vuelve a los picaderos de los barrios bajos y aun así, por momentos, le sobra autoridad moral.
Es curioso que la propuesta de recuperación de un ser humano no tenga que ver con encontrar el amor, formar una familia, o sacar fortaleza de la fe —nuestro protagonista de hecho rechaza participar en la oración de serenidad de su grupo de autoayuda—. El guión no reconstruye la familia de los Burke, dándoles un nuevo esposo y padre, sino que los humaniza a través de los recuerdos, del dolor de las pérdidas, de la nostalgia.
Para dar sentido al título en inglés de su cinta —Las cosas que perdimos en el fuego—, Bier nos da una secuencia hermosa en la que Audrey recuerda un incendio en el que ella y su esposo perdieron todos sus valores, y cómo cada uno lo afrontó de diferente manera. En síntesis, un drama optimista sobre cómo las debilidades y las terribles pérdidas sólo pueden afrontarse un día a la vez, sin hacer un drama de toda la vida.

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