
Pero la amenaza más importante a su vida puede que venga de aquellos en quienes más confía.
No es la primera vez que la figura de Jesse James, uno de los antihéroes más conocidos —y venerados— de la historia de Estados Unidos es llevada al cine. Varios cineastas han intentado, con mayor o menor éxito, aproximarse a la leyenda de este forajido, que representó a la perfección la célebre máxima de James Dean, “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, unos años antes de que Jimmy hiciese lo propio estrellándose con su coche. Aunque fue en el western clásico donde este bandido tuvo su mayor cuota de protagonismo en películas como “Yo Disparé a Jesse James”, de Samuel Fuller o “Tierra de audaces”, de Henry King, Jesse James ha sido utilizado de forma recurrente en los años posteriores, hasta la relativamente reciente “Forajidos Americanos”, de Les Mansfield, con un aún bastante desconocido Colin Farrell encarnando al héroe.
Debe ser la fascinación de lo desconocido o esas historias orales que pasan de generación en generación las que van haciendo la bola cada vez más grande y, con ello, también la necesidad de explorar o simplemente imaginar la figura real. Resulta difícil, en estos casos, no caer en ciertas gratuidades que, en vez de aportar luz sobre el personaje, vengan a engrandecer, cómo decíamos, esa leyenda.
Afortunadamente, eso no le pasa a Andrew Dominik. “El asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford”, a la que en lo sucesivo nos referiremos como “El asesinato...” por una cuestión de economización del espacio, constituye otro intento de acercarse al mito, pero esta vez, desde una perspectiva un tanto diferente. El asesino, finalmente, va a tener su momento de gloria ¡Ya era hora!
En “El asesinato...” existe una voluntad clara de acercarnos a la vida interior del personaje en sus últimos días, después del último asalto a un tren perpetrado con su banda. En ese período, James ya ha dejado atrás sus días de mayor gloria y, por lo tanto, parte de su aplomo y su seguridad. Interesante punto de partida, que Dominik aprovecha para retratar a un Jesse James decadente con un trazo finísimo. Completa su construcción del personaje a través de los que lo acompañan y de sus conversaciones, todo ello con un ritmo sosegadísimo, como de cowboy que vuelve a casa, estando incluso muchas veces, cerca de la línea que separa la impaciencia del tedio y esquivándola por los pelos. De esta forma, a veces bajo la forma de un cuadro de costumbres, narrado en off y otras, en escenas prácticamente teatrales entre dos personajes, podemos formarnos la imagen que el director quiere que tengamos del bandido y su grupo, en especial del cobarde Robert Ford, caracterizado prácticamente como el groupie de Jesse James: l o admira hasta decir basta, lo sigue a todas partes, conoce todas sus historias y mataría porque su ídolo se dignara a mirarlo a la cara.
La confrontación de los dos egos es uno de los mayores logros de la película. Dominik muestra a la perfección el ansia de fama de ambos y como ésta difiere en su forma, pero no tanto en su fondo. El Jesse decadente, pero al que aún le queda mucha guerra por dar, y el jovenzuelo Ford dudando entre ir a muerte con el jefe o arrebatarle su lugar. La segunda hora de la película se detiene ampliamente en la evolución de la relación entre Ford y James, su competitividad, su megalomanía, pero también su incipiente intimidad, que aparece delicadamente sugerida en el tramo final.
Lo realmente interesante, de todas formas, después de una hora y media de metraje es, evidentemente, aquello que no conocemos, las consecuencias de la muerte de Jesse James para Robert Ford. Algo que nunca se nos había ofrecido y que dota al héroe y, sobre todo, a su verdugo de una nueva dimensión. Queda justificado, entonces, el interminable título de la película y la voluntad de su autor de incluir al denostado Ford en él.
Las interpretaciones de Brad Pitt, ganador de la copa Volpi a la mejor interpretación masculina en Venecia, y Casey Affleck son más que correctas. Affleck se come la cámara en más de una ocasión y construye un personaje con un ramillete de matices asombroso. A Brad le va muy bien el papel de reventado que aun así cree estar por encima del bien y el mal y ambos se acoplan perfectamente al ritmo tranquilo de la película.
Así que, no se asusten ante su larga duración: merece la pena revolverse de vez en cuando en el sillón para ver una buena historia como ésta, llena de detalles, sin ningún cabo suelto y con un final que no los hará pensar que han perdido el tiempo.

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