Nuestro idioma se ha conformado con voces de diversas lenguas. Tomando como base el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, las palabras de origen latín representan el 72 por ciento; las árabes, el 17 por ciento; las griegas, el 5 por ciento; y de otras lenguas, el 6 por ciento. La estadística anterior es aproximada, pues la influencia de otras lenguas cada día es mayor, gracias a los medios electrónicos (foros de discusión y redes sociales).
La ascendencia de las distintas lenguas es producto de las diversas épocas de la península Ibérica. La presencia y fusión de otras culturas con las autóctonas de lo que hoy es España, integró voces al habla vernácula que derivó poco a poco en el concepto de lo que hoy llamamos español, originalmente castellano.
Del ibérico poco o casi nada queda. La romanización arrasó con esa lengua. No así el vasco que, además de mantenerse como lengua propia de un pueblo, tiene presencia en nuestra lengua. Un ejemplo de ello son las palabras terminadas en –arro, -erro, -orro, -urro, que introducen un sentido despectivo, como en cacharro (trasto), gamberro (incivil).
La presencia de voces celtas es mínima. La mayoría de palabras con ese origen pudieron haber llegado a través de los galos o mediante la latinización de esas voces.
Las palabras de origen griego son más frecuentes. Tan sólo en las ciencias y la religión tenemos un gran número: Aritmética, Bilogía, etc., y evangelio, apóstol, cisma, jerarquía, etc.
La romanización de España hizo del latín el idioma común entre las distintas zonas de la península. La presencia Romana inicia prácticamente 200 años antes de Cristo y finaliza hasta la caída del imperio en el año 395. Es decir, casi seiscientos años, en los que introdujeron una forma de vida totalmente distinta a la que había antes de su llegada. Los adelantos y técnicas que los habitantes de las hispanias desconocían obligaron a incorporar palabras que ahora describían una diferente realidad, como acueductos, alcantarillado, teatros, circos, etc. Siglos y una forma de vida distinta llevó a que el latín se hiciera la lengua natural en la península. Y como toda lengua viva, evolucionó a los diversos idiomas (catalán, gallego, valenciano y castellano, por mencionar algunos).
Con la llegada de los godos, ostrogodos y visigodos, de origen germánico –asentados en el norte de la península hispánica–, una nueva oleada de latín y palabras propias hicieron incorporar nuevas voces (guerra, feudo, tregua, heraldo) y nombres propios (como Rodrigo, Alberto y Enrique).
Posteriormente, la presencia árabe introdujo otros vocablos. En menor proporción también llegaron voces hebreas. Del árabe tenemos la mayoría de las que empiezan por al–, como aljibe, almohada, almacén, alfombra, álgebra; y del hebreo, Pascua, sábado, jubileo, cábala.
Con el descubrimiento de América, se introdujeron voces como tiza, huracán y todos los productos de origen americano.
El español es rico por la gran mezcla de lenguas. Esta tendencia no se ha detenido: continúa hasta nuestros días con la tecnología y la estrecha comunicación con otras culturas y lenguas.