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Cultura

Música para seguir unido a la tierra

En entrevista, Octavio Zapién nos habla de las percusiones y de su amplio espectro de posibilidades sonoras

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Música para seguir unido a la tierra

GUANAJUATO, Guanajuato.- Tan ancestral como el hombre mismo es la música de percusiones. Los días iniciales de la tierra resonaron constantemente, el suelo se movía, los volcanes hacían erupción, el cielo tronaba en tormentas y lamentos. El hombre se acercó a la naturaleza a través de los sonidos, para hacerlos parte de su vida. El tambor se volvió ritual, el golpe que resuena vuelve sacro su espacio, los golpes entre las manos se volvieron pauta de reconocimiento, y toda una civilización se ganó un sonido que antes era sólo de la naturaleza. 

Este vínculo con la tierra es el que establece Octavio Zapién cada vez que se une con sus instrumentos. Ha sido percusionista de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato desde hace 20 años, y creó el Ensamble Luum desde hace diez, con la intención de volcar toda la libertad que las percusiones le otorgan, más allá de orquesta. Y es que esa es la clave de la música de percusiones: libertad, amplio espectro de posibilidades sonoras y conexión profunda con los instrumentos. 

Un instinto natural

Zapién, originario del Distrito Federal, nos recibe en su refugio de Valenciana y nos introduce a su hogar, una casa que parece estar enraizada en la tierra misma; la madera colma la mirada, la tranquilidad es precisa para experimentar con el sonido y platicar sobre los orígenes: “estudié primero en la Escuela Nacional de Música de la UNAM y después en la escuela Vida y Movimiento Ollin Yoliztlil; el haber estado en esta última me sirvió mucho porque daban una beca muy buena y te daba la posibilidad de dedicarte a los estudios totalmente. Después entré a trabajar, se hizo un ensamble que se llamaba El Ensamble de Alientos del ISSSTE. Era una banda sinfónica, básicamente. Tocábamos música sinfónica pero adaptada para bandas. Posteriormente vine a Guanajuato en 1986 cuando se hizo la Filarmónica del Bajío. Soy miembro fundador de esa orquesta. En el 89 me regresé al DF, estuve ahí hasta el 92, cuando se fusionaron la Filarmónica y la OSUG, regresé a Guanajuato y desde entonces estoy en ella”. 

La inclinación de Octavio Zapién por las percusiones no tiene explicación: es una cuestión natural que nació con él: “recordando un poco, yo siempre he estado haciendo ruido en mi casa. A la hora de la comida siempre estaba haciendo ruido con la mesa y mi mamá me regañaba. Tal vez era algo que ya traía adentro,  a pesar de que en mi familia no hay músicos.  Es una inclinación natural, aunado a que en mi juventud yo escuchaba mucho rock, rock progresivo de los setentas básicamente. Después se fue diversificando ese gusto y me incliné por el  jazz, pero cuando entro a la Escuela de Música realmente el espectro musical se abre totalmente. Desde que entré a la Escuela Nacional de Música allí estaba la Orquesta de percusiones de la UNAM, tuve muy pronto una participación con ellos, casi entrando a la escuela. La percusión es un mundo completo, aunado al jazz, al rock y todo tipo de música contemporánea realmente profundizas muchísimo más”. 

Plantando la semilla

Fue parte del Cuarteto de Percusiones de la OSUG casi desde que llegó a Guanajuato y durante diez años. Luego, decidió encauzar diversos proyectos aislados en un sólo lugar, en un solo ensamble: “llegó un momento en el que me pareció una buena idea meter un proyecto para el Festival Cervantino y en ese entonces el que era el director del Ciclo de Música Contemporánea, Ramón Montes de Oca (que en paz descanse), me dijo que le pusiera un nombre al proyecto; más que nada para que tuviese una identidad y le dije que era una buena idea. Me puse a buscar y me gustó Luum, que significa ‘tierra’ en maya. Pensando en una cuestión sui generis y hablando de la percusión, ésta sería como la tierra. A la  percusión le puedes poner una semillita, tierra, un poco de agua y sol y van surgiendo cosas, está muy ligada a la naturaleza”. 

El Ensamble Luum se ha presentado en distintas ciudades de la República, siempre con la intención de ofrecer una experiencia más allá de la mera música; es común que sus programas combinen disciplinas, que la música dialogue con lo visual, la danza y el teatro. El espíritu ritual permanece, a pesar de las épocas, y toda presentación es un acercamiento a un momento sacro: la conjunción de la música con el cuerpo y el arte: “después del primer concierto que hice con Luum empecé a participar con Tom Jones, un clarinetista, y empezamos a hacer conciertos. Como en el 2004 nos dieron una serie de conciertos para la zona centro-occidente y centro del país que nos dejó muchas satisfacciones. Tocamos en Oaxaca, en el Estado de México, en Puebla, en Tlaxcala, en Colima, en Michoacán, en Jalisco, en Morelos, Querétaro, entre otros varios estados”. 

Ante todo, libertad

Es consciente de esta riqueza de la percusión, por lo que sus proyectos siempre proponen un diálogo entre plataformas: “Creo que esta unión es más interesante, siempre y cuando esté bien lograda. Cuando no, distrae  a la música. Cuando están bien unificados los distintos discursos la experiencia se potencializa, es un poco  como la ópera, es todo un espectáculo”. 

Las percusiones en la orquesta no dejan de ser parte esencial del repertorio. Para Zapién, es una parte que se equipara a cualquier otro instrumento: “el papel del percusionista es exactamente el mismo que cualquier otro músico, tú eres parte de una orquesta y a la mejor sólo tienes un sonido qué producir en una sinfonía, pero lo tienes que hacer perfecto. Así como los violinistas tienen muchísimas notas y están tocando todo el tiempo, los percusionistas se tienen que integrar a todo lo que hace la orquesta. A veces es muy poca nuestra participación, a veces es mucha, a veces es muy importante, un  solo golpe cambia totalmente el sentido de la música y eso es gracias a los diferentes timbres de la percusión. Tiene sus cualidades, yo me siento muy a gusto en la sección porque puedo tocar parado, me hace sentir más libre”. 

Valora mucho el tiempo que ha sido parte de la OSUG: “Veinte años  ya es una carrera, es una vida dentro de una misma institución, a pesar de que yo ya había estado en otras orquestas se puede decir que esta es mi orquesta y no creo que me vaya a ir. Me gusta la OSUG, he aprendido muchísimo de ella, imagina cuanta música en 20 años y con diferentes directores, porque cuando yo entré estaba Héctor Quintanar, después José Luis Castillo, siguió Enrique Bátiz, y ahora Juan Trigos; son cuatro batutas diferentes, cuatro maneras de pensar la música con repertorios diferentes y por ello es tan interesante”. 

Instinto salvaje

Movido por grupos como Pink Floyd, Genesis, The Moody Blues y The Who, Octavio Zapién siente que las percusiones le otorgan una libertad que ningún otro instrumento puede darle: “A mí me hace sentir muy bien el tocar los tambores. Inicialmente era mi yo salvaje el que tocaba. Inclusive cuando me gustaba el rock, tocaba con unos amigos, y hacía rock con la batería. A la mejor es un instinto medio salvajón ¿no? Fue lo que a mí me llenó los ojos y me ha parecido muy rico. El tener los instrumentos y poder combinarlos, jugar con esa infinidad de timbres  es muy diferente,  en la percusión existen todos los timbres que te puedas imaginar. Hay infinidad de posibilidades”. 

De esta forma un sencillo y amable Octavio Zapién concluye. Para abril se presentará al lado de otro maestro, el flautista Cuauhtémoc Trejo, mientras sigue madurando proyectos para presentar con Luum, seguir dando un cauce al instinto primitivo que nos une al sonido ancestral de la percusión, ese arte tan cercano a la tierra, tan cercano a nuestros orígenes.

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